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Agua Delicada


Galería y Ensayo fotográfico de Diego Raigoza Núñez
 

Eran tiempos diferentes. Era la época de silencio en las calles, de días que pasaban y simulaban ser el mismo, de ver al techo y preguntar si yo sería el siguiente espacio vacío en la mesa. De escuchar como gente lejana y desconocida ya no estaba, y de saber que gente que apreciaba ya no pululaba por ahí.

 

Tiempos en que la vida se había detenido, o al menos eso debía creer. 

 

Soplaba el viento de otoño, un tanto fresco, pero aún caliente, pero cuando vives en el desierto, es lo esperado.

 

Se acercaba mi cumpleaños y mi mente iniciaba su ritual innecesario de hipercrítica personal por tal aniversario. Grande era su esfuerzo por probarme que nada de lo que hacía era digno de valer la pena.

 

Pero, al final, ¿qué importa? La vida seguía detenida, o  eso me repetía todos los días.

 

En el silencio de mi jardín, dentro de la alberca que me conoce desde una edad más inocente, el agua callada fluía.

 

Ella danzaba junto al viento y a la luz, usando un lienzo lleno de colores como fondo, y a la vida y a la muerte como escenografía.

 

Era el tiempo de la promesa inherente que hay en cada semilla y de la decadencia anunciada al envejecer.

 

A pesar de las diferencias y las distancias, literales y figurativas, había coexistencia, incluso cohesión. Quizá era un abrazo, que abarcaba a todos los que estábamos en ese momento, y que justamente más de uno necesitábamos.

 

Fue entonces que me di cuenta que la vida no se había detenido, solo estaba cambiando; pasando de un estadio al otro. Siendo empujada por una fuerza que no se podía ver pero sí percibir, tal y como el viento acariciaba suavemente al agua para hacerla bailar, y esta a su vez, incitaba a las semillas, a las larvas y a los cadáveres, al polvo y las sombras a danzar con ella.

 

Tal como lo hacía el mundo allá afuera, la escena cambiaba constantemente frente a mí. Esa era la otra lección que recibiría ese día: la vida va a ocurrir y no esperará por nadie.

 

Las imágenes que desfilaron frente a mí jamás volvieron a ser las mismas, y eventualmente, cada elemento tomó su propio camino, pero en mí quedan las lecciones aprendidas de mi tiempo en ese universo.

 

La vida no para, las cosas cambian, la gente nace y alguna más muere. 

 

En tiempos en que todo es gris e incierto, en que los apáticos, los derrotados y los pesimistas gritan que no hay caso o razón alguna para seguir, yo insisto en diferir.

 

Porque cualquier razón para vivir es válida, porque cada matiz de color importa, porque cada tenue rayo de sol ilumina, así sea en la oscuridad más profunda. 

 

Porque vale la pena formar parte del vals de esta agua delicada.




 














 

Diego Raigoza Núñez 

(Torreón, Coahuila, México, 1985)

Es un artista visual y escritor autodidacta que gusta de mezclar de las letras y fotografía para sus creaciones, las cuales se centran en temas de la estética, paisaje, naturaleza, la autorreflexión y su interpretación de la vida. Su trabajo combina el gusto por la estética inherente de las cosas con la crudeza de la realidad, buscando una trascendencia a través de quien lo experimenta.

 

Su trabajo se puede encontrar en Instagram en:

@diegoraigozanunez


 

Interlatencias Revista

julio 2024

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