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Bardo de Iñárritu: Falsa crónica de unas cuantas caricaturas.

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    Interlatencias
  • 27 nov 2022
  • 7 Min. de lectura
Opinión Interlatente de Abraham Arellano
 


Los meses anteriores al estreno de la más reciente cinta de Alejandro González Iñárritu, Bardo: Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades, fueron, por decirlo poco, un tanto mediáticas: después de que se estrenara en el Festival de Cine de Venecia con críticas no tan favorables, la película fue etiquetada de pretenciosa; sin embargo, esto sólo creó expectativa entre el público mundial y aún más en el mexicano, ya que Bardo significaba el regreso del director a suelo nacional para filmar después de su ópera prima Amores Perros.


La discusión en torno a una película que aún no se estrenaba estaba en todas las pláticas cinéfilas. Aquellas se agudizaron cuando salió el primer tráiler junto con la fecha de estreno: el 27 de octubre, esto así para que los espectadores pudieran presenciar la cinta en pantalla grande antes de que llegara al formato streaming a través de Netflix. Previo a todo ello, tendría su estreno mexicano de la mano del Festival de Cine de Morelia. La prensa y los afortunados que pudieron verla emitieron sus primeras críticas y juicios de valor: ya fuera por los medios convencionales, llámese periódicos o revistas, o en redes como Twitter, Facebook y la conocida Letterboxd; las opiniones no tardaron en atestar todos estos medios y no pudieron ser más divididas: algunos nombraban a Iñárritu como el mejor cineasta mexicano en activo; por otro lado, se predicaba que era una cinta pretenciosa guiada por el ego de un cineasta que hablaba de México para dar un discurso con una perspectiva un tanto errada de la situación del país.


Fue hasta el pasado 3 de noviembre que tuve la oportunidad de ver la tan sonada Bardo del paisano Alejandro. Iba un tanto con miedo. En la actualidad, tratar de llegar a ver una película sin tener conocimiento previo de la opinión de otras personas es difícil. Las redes sociales juegan un factor importantísimo en estos tiempos para el cine. A pesar de haber escuchado unas cuantas opiniones, traté de laxarlas para ir lo menos predispuesto posible; lo logré. No esperaba nada. En el momento en que entré a la sala y las luces pasaron de un atenuado brillo a uno inexistente, mi mente se despejó de cualquier cosa y se centró en ver lo que el director quiso mostrar con su montaje.

Al terminar las dos horas y cincuenta y cuatro minutos que dura, mi cabeza era un revoltijo de ideas y pensamientos; no sabía por dónde empezar a diseccionar cada uno de ellos. Regularmente, mientras veo una película, no saco el celular ni para hacer anotaciones de ella. Trato de retener la idea que me surge para escribirla hasta que salgo de la sala. Esta vez fue la excepción: estaban pasando tantas cosas por mi mente que no me fié de ella y recurrí a teclear las siguientes cosas: “Diálogos que pertenecen más a la literatura”, “ideas que vuelan como Silverio al principio”, “Falsa crónica de unas cuantas caricaturas”, “Siniestro”. A continuación explicaré cada uno de estos puntos: Diálogos que pertenecen más a la literatura es porque, a lo largo de todo el metraje, Silverio —alter ego del mismo Iñárritu— se la pasa haciendo soliloquios a diestra y siniestra. La cinta, a nivel discursivo, se cimenta en Alejandro Gonzáez Iñárritu usando a Silverio Gama como su avatar para soltar un sinfín de ideas acerca de lo que es ser mexicano fuera y dentro de su país; el pasado; los medios de comunicación; las ambiciones; las consecuencias de los actos; la paternidad; ser una figura mexicana que representa la cultura nacional y todo lo que este mote pone sobre los hombros de su portador; la migración y los problemas alarmantes que inundan las calles del país; el enajenamiento que provocan las redes sociales y la tecnología; las interacciones sociales; la muerte en todas sus facetas y lo que significa la vida… prácticamente una batalla interna en busca de purgar ideas, cabos sueltos y pecados.

No obstante, todo esto lo hace a través de diálogos explicativos y largos en los que divaga y da información al espectador de forma que parecen recitales de ideas o dilemas internos de alguna novela literaria, que por el formato literario se permite, pero en el cine es algo que siempre se debe evitar. El recurso es implementado para que todas las ideas puedan ser entendidas o visibilizadas, ya que sin los largos discursos de Silverio, la película trataría más de un padre que vive el luto de su hijo recién nacido mientras lidia con su vida mediática como director, que de todos los temas que quiere abarcar, pero que no logra o lo hace de manera superficial.

Todo esto me lleva al segundo punto: Ideas que vuelan como Silverio al principio. Aquel que haya visto la película recordará la escena de apertura del filme: la silueta de un desconocido —que después sabremos que se trata de Silverio— está parada en medio de un desierto hasta que decide empezar a correr y dar saltos por los aires en un claro homenaje al inicio onírico de 8 ½ de Fellini —no siendo la única fuente de inspiración y "homenajeada" por Iñárritu—. El personaje principal vuela por los aires, y es así como la mayoría de estas ideas mencionadas en el punto anterior vuelan, se disipan; se enfrían, vuelven a tomar valía y de nuevo emprenden el vuelo, pero nunca tocan un suelo firme en el cual puedan germinar y llevar a puerto las divagaciones que se plantean, ¿dónde queda la subtrama de la venta de Baja California a Amazon si no que un par de diálogos de fondo? ¿Hacia dónde va la escena de la entrevista a Cortés si no es solamente para meter un diálogo que intenta hacer un intento de metaficción donde Iñárritu se auto critica, además de darle contexto a diálogos pasados donde se hace mención de esa película-dentro-de-la-película?

Debido a esto es que enuncio que Bardo es una Falsa crónica de unas cuantas caricaturas. En ella, Iñárritu se esmera por hacer una representación de lo que probablemente fue la batalla del Castillo de Chapultepec librada en la Intervención estadounidense en México. Sin embargo, los elementos que pone en juego para llevarla a la puesta en escena son burdas: el director, al tratar de hacer una crítica hacia la figura de los estadounidenses, decide vestir a los actores invasores con pelucas amarillas y rojas para así dar a entender que son los gringos invasores, a pesar que los actores son de piel morena; y por otro lado, decide poner a la misma gente morena como mexicanos. Al hacer esto, lo que refleja Iñárritu es potenciar los estereotipos que por años han marcado tanto a los mexicanos como a los estadounidenses, al mismo tiempo que caricaturiza la escena en vez de plantear una crítica; para ser gringo debes de ser güero o pelirrojo, y para ser mexicano forzosamente tienes que ser de un moreno marcado— aunque efectivamente la mayoría de la población es morena, pero el punto no es la visibilización del mexicano, sino un simple uso práctico para la viñeta—. Con esto, a pesar de querer representar uno de los mitos más grandes de la historia nacional, el director mexicano solamente caricaturiza el mismo acontecimiento.


La supuesta compra de Baja California por Amazon entra también en estas caricaturas: al querer hacer una crítica sobre el voraz, rampante y alarmante estado capitalista donde las empresas controlan a las masas y poblaciones enteras, lo único que hace es que esto parezca un sketch. Un elemento más a este collage de imágenes bonitas y discursos a medio cocer.


Siniestro: para el que recuerde la escena donde un organismo mexicano le entrega un premio a Silverio por su carrera probablemente sepa a lo que me refiero: la aparición de un personaje, el Licenciado Siniestro, habla perfectamente de la visión simplista y el manejo escaso de las metáforas del director que mayormente recurre a este tipo de oportunismos. El Lic. Siniestro ocupa un cargo en el gobierno de la Ciudad de México, pregonando de esta manera que cualquier figura del gobierno significa algo funesto.


Otro ejemplo puntual de este tipo de oportunismos simplistas es cuando Silverio menciona que a él de niño le decían “el prieto”, en clara alusión al apodo que el director ostenta: “el negro” Iñárritu, dejando aún más en claro que esta película habla de él y como él ve su vida y México, el cual dejó hace años. Este último comentario me sirve para hilar el final de estas palabras hacia Bardo: Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades.


El filme sirve para Iñárritu para encarar una autobiografía donde el protagonista no lleva su nombre. El que conozca ligeramente la historia del director mexicano sabrá que sus inicios fueron en la radio, de ahí a la dirección de comerciales y finalmente su salto a la dirección cinematográfica. Sabiendo esto es fácil conectar los hechos de la vida de Iñárritu con los del filme, esto escenificado de la manera más clara en una discusión estelarizada por Silverio y Luis: en ésta se menciona que Silverio trabajó en la radio, de ahí a la publicidad y por último a la dirección —ligera diferencia siendo que Silverio dirige documentales e Iñárritu ficción—; de esta manera se puede reconocer otro intento de aclarar su metaficción —por si uno aún no lo había notado— pero que al final, sólo se convierte en una reiteración de que Iñárritu es Silverio, cerrando finalmente con un discurso literario y reflexivo donde nos dice lo que siente y piensa de lo que su carrera y vida significan —que es totalmente válido para alguien que quiso hacer una cinta que de cierta manera funcione como una autobiografía, convirtiéndose así en su filme más personal (cosa que se dice siempre que un director saca una nueva película)—.


Por entrevistas dadas a diversos medios de comunicación, es posible notar que Alejandro González Iñarritu tiene conocimiento de estas cosas y las defiende. Algo que hace grande al cine es que cada quién puede analizar y criticar cualquier obra con el fin de entender lo que el autor quiso decir con ella. Es en el caso de Bardo: Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades donde el discurso está perdido entre tantas ideas. Y, en cuanto a construcción narrativa es un despliegue bien logrado del guion cinematográfico del que tenemos escenarios oníricos como la escena donde Silverio persigue a Lucía desnudos por toda la casa, o el intenso final que muestra la estructura cíclica que tiene la cinta —dicho sea de paso, el final recuerda, con sus respectivas reservas, a Fresas Salvajes de Bergman—; es cuando se disecciona su peroración cuando se encuentran puntos que flojean y permean en el resultado final de la película. Pero a final de cuentas, por mucho que yo diga que la película es, entre tantas cosas, una crónica de unas cuantas caricaturas.

Probablemente Iñárritu tenga razón y sea simplemente una falsa crónica de unas cuantas verdades...

 

Interlatencias Revista

noviembre 2022




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