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Deshidratación

Cuento Interlatente de Mariana Martínez
 


Crecí creyendo que la copa que llevaba entre mis manos únicamente llegaría a ser llenada por el agua que cargaban los demás en las suyas, que eran ellos quienes tenían el poder de elegir si compartían aquel líquido vital que portaban para así saciar la sed de agua que vivía dentro de mí. Desconocía que querer verlos felices casi me llevaría a mi propia muerte; por años me acostumbré a depender de estas personas, a esperar pacientemente a que me dieran un par de míseras gotas cuando yo les volcaba todo el contenido de la mía cada vez que me lo pedían o los notaba sedientos, sin importarme si yo me quedaba por días con sed.  Ellos, a cambio, me lo agradecían, me regalaban una falsa sonrisa, me daban unas palmaditas en la cabeza y se iban de ahí, felices de haber obtenido por medio de mentiras y engaños esa atención y ese líquido que tan desesperadamente necesitaban para llenar sus recipientes y no morir a causa de deshidratación. 


Me encontraba un día caminando con torpeza por la ciudad, pues tenía varios soles desde que no probaba una gota de cualquier líquido que me pudiera mantener viva. Las personas que cruzaban camino conmigo me miraban extrañadas o huían de mí como si fuera portadora de la plaga. Y a pesar de que todos sabían que pronto moriría, nadie se ofreció a compartir algo de su copa conmigo. Irremediablemente caí rendida al suelo por deshidratación, mis piernas se negaban a seguir caminando, mis párpados se volvían cada vez más pesados, el ardor debido a la resequedad en mis labios hacía imposible que pudiera abrir la boca y pedir ayuda y, aunque ese no hubiera sido el caso, mi voz también habría desfallecido a causa de la sed; mis pensamientos tampoco ayudaban mucho, hacían ruidos confusos y exasperantes que sólo me cansaban y confundían más. Ante todo el dolor que me asolaba, permití que este me consumiera, pues ya no tenía fuerzas para continuar. 


En cuestión de minutos, tal vez horas, días, semanas o incluso meses; una extraña vestida de negro se acercó hasta mi cuerpo moribundo quizás arrastrada por la lástima que le causé, por simple curiosidad o como un acto de redención, eso es algo que a la fecha desconozco. Me tomó con ternura entre sus brazos, me ofreció agua de su copa y me arrastró con ella hasta las profundidades de aquel temible bosque al que la gente con mala suerte y a sabiendas de que moriría pronto a causa de la deshidratación, huía para utilizarlo como panteón público. Entre mis continuos desmayos y delirios he de admitir que llegué a pensar que ella simplemente me abandonaría ahí para pudrirme entre todas aquellas almas desdichadas que el mundo había traído para verlas sufrir y destruirlas con toda su crueldad y violencia. Sin embargo, esto no fue así. Entre las profundidades de aquel horrible bosque lleno de muerte y soledad, se encontraba el hogar de esta desconocida, quien había decidido hacer de la muerte su amiga, vecina y compañera. Ella cuidó de mí por varias semanas hasta que me pude volver a mover. 


Un día me tomó de la mano y me pidió en un acostumbrado silencio que la siguiera. Caminamos por un rato entre todas las ramas y el follaje del bosque hasta que finalmente llegamos a una cascada con las aguas más traslúcidas y hermosas que jamás he visto. Me dejé llevar por la emoción y, sin perder un segundo más de mi tiempo, me sumergí en su cálido manto cristalino. Bebí agua como loca y limpié mi cuerpo con enjundia hasta deshacerme de cualquier rastro de mugre sobre mi piel. Al acercarme a la orilla pude ver el brillo de felicidad que había en los ojos de mi salvadora, ella me preguntó cómo me sentía y yo, por primera vez en mi vida, le dije que feliz. Luego, preguntó por la sed que sentía y yo, asombrada, le confesé que a pesar de todo el agua que había bebido en ese estanque mi copa en realidad parecía no ser tocada por ese fluído y yo no había dejado de sentir sed. Sus ojos gatunos se entrecerraron con lo que supuse que era una sonrisa, pues el velo que cubría su rostro no me lo permitía saber; me pidió que observara el agua y le dijera lo que veía ahí.

—Veo un lecho rocoso, lleno de peces de colores, el agua es transparente y, a pesar de eso, tiene un bello tono azul. 

—¿Acaso no hay algo más fácil y visible ahí? Algo que te mira de regreso sin que tú le veas. —Me detuve a meditar sus palabras un momento para luego regresar mi mirada hacía la superficie acuosa. 


Busqué con algo de confusión lo que ella me decía hasta que finalmente lo vi. Entre aquellas bellas aguas se encontraban unos gatunos ojos marrones mirándome de regreso. Tenía piel tersa, labios rosados, unas largas pestañas y el cabello mojado. La chica del reflejo me veía con la misma intensidad con la que yo la examinaba y su parecido con lo que alguna vez llegué a percibir sobre mí me hizo entender que, a pesar de las miles de veces que había bebido de mi copa, fueron pocas las que realmente me había detenido a observar mi propio reflejo. La extraña, como tantas veces lo había hecho, vertió un poco de su agua en mi cáliz y luego me incitó a beber de él. Esta vez, antes de hacerlo, me detuve a mirar el contenido y así mismo el reflejo que guardaba. Me observé con mucha dicha, con amor y con encanto, causando así que un milagro sucediera ante mis ojos. La copa se llenó a sí misma. Entusiasmada y contenta por compartir este momento con aquella extraña, levanté la mirada en busca de ella pero al hacerlo no la encontré ahí. Confundida, pero sin dejar que esto me desanimara, regresé la mirada a mi copa y fue en ese instante que logré entender que ese milagro que había experimentado era la respuesta a mi desdicha y a las plegarias que había hecho durante tanto tiempo, pues finalmente había comprendido que jamás tendría que volver a pedir o mendigar agua a cualquier persona, pues yo era la única que podía llenar su propia copa y saciar la sed. 



 
Mariana Martínez Farías

(México)

Nació el 11 de enero del 2003 en Huixquilucan, Estado de México. Actualmente está estudiando la licenciatura en Letras Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Durante la preparatoria fue finalista del 7o Concurso de Cuento Breve “Aventura sobre rieles” del CCH Sur, y ganadora en el 3o lugar de la 8a versión del mismo. En el 2021 fue publicada en el número diez de la revista electrónica Espejo Humeante y el año pasado ganó el concurso Reveladores 2022 de la Editorial Revelación bajo el género de romance con su novela juvenil Capsize


 

Interlatencias Revista

diciembre 2023


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