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La apuesta de Sol

Cuento Interlatente de Mario Pérez
 

Alguien de los que estaban esperando en la sala de la recepción se acomidió: «Pase usted primero». En la sala de espera habían alrededor de veinte personas, entre ellas, un matrimonio de ancianos. Era casi medio día y todos esperan turno para realizar su trámite. No era la primera vez que don Juan y doña Soledad iban a esas oficinas y no era el único lugar a donde habían asistido por el mismo asunto. Debido a su situación particular, le habían sugerido ir a las oficinas de seguridad social de la entidad, a la administradora de fondos número 2, a la administradora número 3 y ahora estaban en la número 1, otra vez.

Doña Sol, le había apostado de una forma muy cariñosa y optimista: «Esta es la última vez, nos la darán, pero hay que hacer todo lo que nos dicen». 

Don Juan tenía setenta años recién cumplidos, pero sus manos cadavéricas, la piel cuarteada y el rostro cansado era de un hombre de noventa. Su mirada en cambio, reflejaba más de un siglo. Su esposa tenía menos edad, se notaba menos agotada que él, pero su esposo era quien debía hacer los trámites a donde sea que fueran, pues él, como trabajador, aspiraba a una pensión. 

—Otra vez usted, Don Juan —le dijo saludando, la mujer del cubículo. —Permítame su identificación, por favor.


Cada que viajaban del poblado a la capital, hacían 30 kilómetros en minibús. En el último mes, habían viajado seis veces de ida y vuelta, pero en esta ocasión, doña Sol le había apostado que sería la última. Cada que llegaban a las oficinas para el trámite cargaban consigo un morral para compras y bolsas de plástico para sus documentos. No cargaban paraguas consigo porque no era temporada de lluvias. Aunque, bien podrían usar uno para protegerse del sol, este ya no les molestaba, pues tantos años bajo de él se habían acostumbrado a resistirlo. 


—Sí acudió al Instituto… verdad don Juan—. La mujer hablaba, pero don Juan apenas escuchaba, si no le hablaban en voz alta. Aun así, la ejecutiva prosiguió explicándole sus hallazgos en el sistema.  Él escuchó todo confusamente. La mujer parecía hablar de forma incomprensible, veloz, a volumen bajo y en palabras extrañas. Él seguía atento tratando de entender algo. Su esposa miraba y oía en el asiento de atrás, esperando buenas noticias. «No tiene pensión», alcanzó a escuchar don Juan. 

—¿Por qué? —preguntó él, con voz suave. —Como ya le expliqué, es por… —Y la mujer siguió hablando en otro lenguaje. 


Segundos después se acercó un asesor de la delegación para apoyarlo. No podían tardar mucho tiempo atendiendo a una sola persona. Entonces, lo llevó consigo a donde estaba su esposa para que también escuchara. El hombre habló con más claridad y la pareja entendió mejor lo qué ocurría. Don Juan miraba sus manos y sus papales mientras oía, cuando el asesor terminó de hablar volteó a ver a su esposa: «Debe de haber un error…» dijo, buscando apoyo en los ojos de la anciana. El asesor volvió a decir «usted no tiene pensión que tramitar». El anciano lo miró y miró sus papeles en la mano otra vez. «Es un error, trabajé muchos años para mi patrón. Tenía seguro social…»

—Es probable —contestó el asesor—, que estuviese asegurado para asuntos médicos, pero su patrón jamás aportó para su pensión. 


A pesar de que el asesor les hablaba en un lenguaje más claro, ellos se hallaban ensimismados. Don Juan había escuchado siempre decir por ahí que, “luego de mucho trabajar, viene la pensión”. “Es un derecho de todo trabajador”. 

—¿Ha hablado ya con su patrón? —preguntó el asesor.

—Ya no lo veo, desde hace años —contestó, trabajosamente. 

—Ha vendido todas sus tierras —dijo la mujer. 

—¿Por qué no vino usted antes?

—No sabíamos bien…


El gran silencio en su cabeza había comenzado a dar paso a las demás voces: había más gente, se hacían más tramites, las voces subían y bajaban de tono como un carrusel. A caso don Juan tenia las ganas de hacer un reclamo, de formular un argumento, de armar una buena pregunta, apenas lograba comprender lo que sucedía. 


—¿Qué más debo de hacer? —Preguntó. 

—Con nosotros ya nada. No tenemos su registro aquí. 

—No estoy…

—No. 

—¿Estaré en algún lado? —Preguntó, como último intento.


El asesor sacó su teléfono del pantalón y fingió que le llamaban —Don Juan, me tengo que ir, vayan al seguro social y pregunten por su registro.

—Ya hemos ido —contestó la mujer.

—Perdón, me tengo que ocupar, regresen con cuidado a San Pech —dijo, y se despidió enseguida.


Seis, siete, ocho segundos pasaron y volteó a ver a su mujer en señal de ida. Salieron, tomaron las escaleras (el elevador les daba temor). Se dirigieron al mercado del centro; compraron pan, algunas especias para la comida. Del tema no hablaron durante el trayecto. El paso lento les hizo perder el transporte colectivo de las 2. Tomaron el siguiente. Durante el viaje no hablaron de nada importante, ambos durmieron. Al entrar a San Pech se despertaron, como si hubiesen calculado el tramo durante el sueño. Bajaron en el inicio de un camino de tierra muy amplio que los llevaría a su casa. Caminaron justo en medio y se tomaron de la mano. En ese momento ella dijo, «creo que te lo dije, Juan, era la última vez». El sol iba bajando frente a ellos. Un joven que pasaba a lo lejos tomó una fotografía. Le pareció adecuado y conmovedor el momento: una pareja de ancianos tomada de la mano con el sol ocultándose frente a ellos, respingando sus últimos rayos color naranja, formando una escena adorable y fabulosa. “Eso es amor del bueno”, publicó en sus redes sociales con la fotografía. Hubo muchas reacciones que lograron difundir la imagen: se compartió 290 veces. 451 comentarios. 602 me gusta para el final del día. “Amor + amor”, “hermosa foto”, “bellísimo”, “algo así casi no se ve”, “amor verdadero”, fueron las palabras y frases más comentadas. Hubo una viralización por 48hrs, después, la foto fue superada por un video corto de un mono correteando a un perro con una vara en la mano. Mil setecientas reacciones, novecientos comentarios, más de ochocientas veces compartido. 72 horas viral. 


 

Mario Antonio Pérez Mendo

(Campeche, 1987)

Maestro en Ciencias de la Educación

Beneficiario PECDA edición 2013 por cuento y en 2016 por novela.


Algunas publicaciones incluyen:

Antología “Teorías conspirativas” de la editorial Alebrijes agosto 2020

Antología “360 días de historias”, revista literaria pluma (Argentina) julio 2021

Primer lugar en el concurso de mini ficción, proyecto ESCECAM y CIFAC, junio 2023. 


 

Interlatencias Revista

diciembre 2023









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